November 2022

Our Baptismal Duty

Recently, many of us tuned in to watch the events surrounding the passing of Queen Elizabeth II, the longest reigning British monarch. In the United States, the existence of a royal family may be somewhat of a foreign concept in our political system that prefers democratically elected officials. Yet, with some curiosity, many of us cast our gaze across the pond to capture a glimpse of the new King Charles III receiving the royal scepter.

 In the Catholic Church, we tap into “royal language” with titles like “Queen of Heaven” and the “Prince of Peace.” During this month, we will come to the end of our liturgical year when the universal Church boldly proclaims Christ as King of the Universe on November 20, 2022.  

Pope Pius XI instituted the celebration of “Christ the King” in 1925 with his encyclical Quas primas (“In the first”) to respond to growing secularism and atheism in the world. From the U.S. Conference of Catholic Bishops: “This solemnity reminds us that while governments come and go, Christ reigns as King forever. During the early twentieth century, in Mexico, Russia and some parts of Europe, militantly secularistic regimes threatened not just the Catholic Church and its faithful, but civilization itself.” 

Almost 100 years after the solemnity’s inception, there is still a need to promote the message of this feast day. We do not have to look far to see blatant attacks on religious liberty and increasing secularism. It is in this context that atheists are proactively trying to convert vulnerable minds to not believing in God. Still, there are others who plant a deceptive message by saying, “If you insist on believing in God, at least do so by being only spiritual and not religious within the Church.” 

While we embrace Christ as our king, we also need to remind ourselves that he is a very different kind of king. Instead of donning a crown of gold, Jesus wears a crown of thorns, and instead of ruling with arrogance or revenge, he utters decrees of mercy and forgiveness: “Father, forgive them, for they do not know what they are doing” (Luke 23:34). Jesus rules by being a good shepherd who rejects loftiness and domination. Instead, he serves, as opposed to seeking to be served. He calls all those who follow him to join his ministry of service, humility, forgiveness and charity.

During the past few years, there has been a popular streaming series named “The Crown.” In the first season, there is a poignant scene in which King George VI reminds his son-in-law, Philip, of his duty, especially toward the new queen, Elizabeth II. “You understand, the titles, the dukedom. They’re not the job. She is the job! She is the essence of your duty. Loving her. Protecting her.”

For those of us who have been called to minister in the Church, I think this quote is quite appropriate. It applies not exclusively to bishops, clergy and religious, but to every Catholic who is baptized and is a missionary disciple of Jesus: ”The Church is our duty. Loving her. Protecting her.”

In the rite of baptism for children, the parents listen to the following words before the water is poured: “You have asked to have your child baptized. In doing so, you are accepting the responsibility of training him or her in the practice of the faith. It will be your duty to bring him or her up to keep God’s commandments as Christ taught us, by loving God and our neighbor.” When parents are asked, “Do you clearly understand what you are undertaking?” the affirmative answer they give at that moment is hopefully repeated daily and throughout the course of their lives.

To accomplish this, I continue to invite us to follow my vision for this diocese of Catechesis, Evangelization and Faith into Action. For if we truly know Jesus, love Jesus and serve others like he taught us, then we are doing our baptismal duty. As we strive to keep God at the center of our lives, the Church and the universe, may Christ the King live and reign today and always.


noviembre 2022

Nuestra obligación bautismal

Recientemente, muchos de nosotros sintonizamos para ver los eventos que rodearon el fallecimiento de la Reina Isabel II, el monarca británico más antiguo reinante. En Estados Unidos, la existencia de una familia real puede ser un concepto algo extraño en nuestro sistema político, que prefiere a los funcionarios elegidos democráticamente. Sin embargo, con cierta curiosidad, muchos de nosotros lanzamos nuestra mirada al otro lado del charco para captar una visión del nuevo rey Carlos III recibiendo el cetro real.

En la Iglesia Católica, aprovechamos el “lenguaje real” con títulos como “Reina del Cielo” y “Príncipe de la Paz”. Durante este mes, llegaremos al final de nuestro año litúrgico, cuando la Iglesia universal proclame audazmente a Cristo como Rey del Universo el 20 de noviembre de 2022.

El Papa Pío XI instituyó la celebración de “Cristo Rey” en 1925 con su encíclica Quas primas (“En la primera”) para responder al creciente secularismo y ateísmo en el mundo. De la Conferencia de Obispos Católicos de EEUU: “Esta solemnidad nos recuerda que mientras los gobiernos van y vienen, Cristo reina como Rey para siempre. Durante los primeros años del siglo XX, en México, Rusia y algunas partes de Europa, los regímenes militantemente secularistas amenazaban no sólo a la Iglesia Católica y a sus fieles, sino a la propia civilización”.

Casi 100 años después del inicio de la solemnidad, sigue siendo necesario promover el mensaje de esta fiesta. No tenemos que mirar muy lejos para ver los flagrantes ataques a la libertad religiosa y el creciente secularismo. Es en este contexto en el que los ateos intentan proactivamente convertir las mentes vulnerables para que no crean en Dios. Sin embargo, hay otros que plantan un mensaje engañoso diciendo: “Si insistes en creer en Dios, al menos hazlo siendo sólo espiritual y no religioso dentro de la Iglesia”.

Mientras abrazamos a Cristo como nuestro rey, también debemos recordar que es un tipo de rey muy diferente. En lugar de ponerse una corona de oro, Jesús lleva una corona de espinas, y en lugar de gobernar con arrogancia o venganza, pronuncia decretos de misericordia y perdón: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34). Jesús gobierna siendo un buen pastor que rechaza la altivez y la dominación. En cambio, sirve, en lugar de buscar ser servido. Llama a todos los que le siguen a unirse a su ministerio de servicio, humildad, perdón y caridad.

Durante los últimos años, ha habido una popular serie en streaming llamada “The Crown”. En la primera temporada, hay una escena conmovedora en la que el rey Jorge VI recuerda a su yerno, Felipe, su deber, especialmente hacia la nueva reina, Isabel II. “Entiendes, los títulos, el ducado. Ellos no son el trabajo. ¡Ella es el trabajo! Ella es la esencia de tus obligaciones. Amarla. Protegerla”.

Para aquellos de nosotros que hemos sido llamados a ministrar en la Iglesia, creo que esta cita es muy apropiada. No se aplica exclusivamente a los obispos, al clero y a los religiosos, sino a todo católico bautizado y discípulo misionero de Jesús: “La Iglesia es nuestra obligación. Amarla. Protegerla”.

En el rito del Bautismo de los niños, los padres escuchan las siguientes palabras antes de verter el agua: “Con gozo vienen ahora a la Iglesia a dar gracias a Dios y a celebrar el nuevo y definitivo nacimiento por el Bautismo. Ustedes, padres, que piden el Bautismo para sus hijos, deben darse cuenta de que contraen la obligación de educarlos en la fe, para que, guardando los mandamientos divinos, amen a Dios y a su prójimo, como Cristo nos enseñó”. Cuando se pregunta a los padres: “¿Se dan ustedes cuenta de la obligación que contraen?”, la respuesta afirmativa que dan en ese momento es de esperar que se repita a diario y a lo largo de su vida.

Para lograr esto, sigo invitándonos a seguir mi visión para esta diócesis de Catequesis, Evangelización y Fe en Acción. Porque si realmente conocemos a Jesús, amamos a Jesús y servimos a los demás como él nos enseñó, entonces estamos cumpliendo con nuestra obligación bautismal. Mientras nos esforzamos por mantener a Dios en el centro de nuestras vidas, de la Iglesia y del universo, que Cristo Rey viva y reine hoy y siempre.